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Les retorcía los brazos y las piernas de todas las maneras posibles hasta que conseguía la postura que deseaba. A ninguno le faltaba el más mínimo detalle ya que los trabajaba durante horas. Una vez terminados ellos y sus instrumentas los colocaba sobre una plataforma de plástico que pillaba de cualquier parte. En esta plataforma abría pequeños agujeros en los que insertaba bombillitas de colores de esas que se ponen en los belenes y en los arboles de navidad y que parpadean de diferentes modos. Una vez todo organizado ponía esta plataforma con los muñecos de plastilína, todos con su instrumentos y sus amplificadores, encima de la mesa, enchufaba las luces y ponía una pequeña radio, daba igual lo que sonara e incluso algunas veces no ponía nada, la música ya estaba en mi cabeza. Me sentaba delante, muy cerca apoyando la barbilla sobre mis brazos cruzados y permanecía así, sin moverme, dejando que mi imaginación hiciera el resto. Yo era uno de esos pequeños muñecos encima del escenario agarrado a mi guitarra y bañado por enormes focos de colores. Era como asistir a uno de mis propios conciertos, era lo que yo quería hacer, era el sueño de mi vida…Una voz llegaba de lejos, venia como de otra dimensión y poco a poco me despertaba de aquel sueño, me sacaba de aquella fantasía. Me llamaban para cenar y se acabó el concierto.

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 En aquellas tardes interminables a cada uno de nosotros se nos ocurría algo dependiendo de los gustos de uno o de otro. Así por ejemplo uno de nuestros amigos organizaba procesiones de semana santa cuando esas fechas se aproximaban. Se trataba de un tipo extraño con un aspecto un tanto inquietante y que padecía con frecuencia ataques epilépticos. Su obsesión era la religión en todos sus aspectos aunque mucho me temo que prefería toda la parafernalia que rodeaba a la iglesia a aspectos más espirituales, aunque por supuesto no voy a dudar de la profundidad de su fe ya que creo que en la actualidad ha llegado a ser el sacristán de la parroquia de mi pueblo, todo un logro. Pues este amigo nuestro organizaba todo lo que era una autentica procesión con sus “romanos” con tambores y todo. Para ello nos agenciábamos unas latas de aceite de motor de coche vacías y con una cuerda nos la cruzábamos al cuerpo a modo de tambor la cual aporreábamos con dos palos con autentica pasión para desesperación de los vecinos. En dos filas nos alineábamos a ambos extremos de la calle rodeando a un amigo que iba haciendo de Cristo. Hacíamos recorridos por el barrio algunos más largos que otros dependiendo del público que acudía a ver semejante espectáculo. Cuando nos hinchábamos de tanto ruido, pues era realmente insoportable, tirábamos las latas (conciencia ecológica se llama eso) y nos íbamos a casa como si nada hubiera pasado. Aquello tenia que ver bastante poco tanto con la religión como con nuestra fe. Una pena no tener ninguna foto de esos momentos.

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 Otras tardes me entraba la vena de ser escritor y me pasaba las horas encerrado en mi cuarto golpeando la “Olivetti” de mi padre y escribiendo poesía o alguna insufrible obra de teatro que normalmente era rechazada de inmediato por mi profesor en la escuela cuando se la enseñaba pues trataba de personajes tan interesantes como Sandokan o Curro Jimenez. Mas tarde escribiría musicales con música de Iceberg, Bloque o Hilario Camacho los cuales el destino hizo que jamás se representaran por suerte para el arte y la humanidad. Estaba claro que mi carrera como escritor tenía los días contados. De esta manera brotaban perlas como esta:

                               “Que más da la verdad que la mentira

                               Si la verdad miente y la mentira

                              Justifica lo que ya no se puede remediar

                              A causa de las mentiras que afirma la verdad!!!”

 En cierta ocasión mi Madre tuvo que irse a Madrid ya que una de mis hermanas estaba punto de dar a luz y yo como siempre me fui a casa de mis amigos los gemelos. El recuerdo de aquel café con leche de por las mañanas aun me acompaña. Una de esas mañanas me despertaron los gritos de la Madre de mis amigos que llegaban desde la planta de abajo comunicándome que mi tía había muerto. En ese momento sentí algo nuevo, una sensación de autentica desolación y tristeza, una agitación desconocida que hizo que los ojos se me inundaran en lagrimas pero esta vez las lagrimas eran de verdad. Era el dolor de la perdida. Se trataba de la madre de mi tía, la “chacha Nana” (se llamaba Feliciana) y que para nosotros era la abuela que nunca tuvimos, además de por la edad, por el amor sincero que le profesábamos. Vivió durante muchos años en mi casa y por ello crió a muchos de mis hermanos hasta que su hija se la llevó a vivir con ella. Incluso ya viviendo con su hija pasaba los días enteros en mi casa y al anochecer la acompañaba yo o alguno de mis hermanos del brazo a su casa. Una mujer increíble, una vida dura, un recuerdo imborrable. Fue la primera vez que sentí la muerte de alguien sin saber que a partir de entonces la vida se convertiría en una sucesión de perdidas irremplazables hasta el punto de hacerla casi insoportable.

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Pinturas de Juan Sotomayor.